El éxodo a Porto Alegre

Nacional llegó a Porto Alegre, acompañado por veinte mil hinchas que invadieron el Beira Río poblándolo de alegría, cánticos, banderas y pañuelos blancos, dándole al partido un marco espectacular.
El sorteo realizado en la ciudad de Buenos Aires para fijar la final de la Copa Libertadores de América de 1980, determinó que se midieran los campeones de Uruguay y Brasil el 30 de julio en Porto Alegre, y el 6 de agosto en Montevideo.

Quedó fijado el 9 de agosto en Asunción, la eventualidad de un tercer partido definitorio.

Nacional llegó a Porto Alegre, acompañado por veinte mil hinchas que invadieron el Beira Río poblándolo de alegría, cánticos, banderas y pañuelos blancos, dándole al partido un marco espectacular.

Quienes presenciamos el encuentro de asunción, pudimos pensar quizá que el equipo saliera al campo con un esquema también conservador, pensando en que la ventaja de un empate como visitante en el encuentro de ida, podría ser decisiva.

Nacional cumplió en ese partido-y sobretodo en el primer tiempo- lo que para nosotros fue la mejor actuación del año 1980. Marca impecable de espárrago, sobre ese gran jugador que es Falcao, quitándole al equipo brasileño su generación futbolística.

Marca aplicada del resto, y una agresividad pocas veces vista en el juego de ataque. Notable producción de Bica -asiduamente lanzado por sus compañeros, y con el enorme mérito de haber jugado casi todo el partido con la piel del talón derecho desgarrada. Magnífico Washington González en sus subidas por el lateral izquierdo. Hábil e inteligente por el mismo sector, dardo Pérez que suplía al suspendido julio César Morales. Y llegada continua con claridad y peligro. Un remate de de la Peña, de media vuelta en el área, que pareció gol y “lamió″ el poste izquierdo. Un clarísimo penal a Washington González que el juez argentino Romero pasó por alto. Y siempre dominio, siempre sensación de superioridad.

Internacional, sorprendido y desconcertado, no pudo armarse nunca. Nacional debió retirarse vencedor parcial, con total claridad.

El segundo tiempo, mostró a un Falcao con mayores inquietudes de desplazamiento y complicando-ahora sí- a Espárrago, quien no obstante no le aflojó nunca. El trabajo incansable de Batista, y la inteligencia de Falcao permitieron que Inter “se soltara” un poco más, pero no obstante, nunca llegó con sensación de gol. Sereno Cacho Blanco en el fondo, exuberante De León, recios y firmes Moreira y Washington, hicieron que Rodolfo pasara una noche relativamente tranquila, y las pocas veces que fue llamado a intervenir, respondió con su característica solvencia.

El partido terminó sin goles, y la parcialidad de nacional festejó con alegría el resultado, que alentaba la posibilidad de ganar el campeonato en Montevideo.

Desde entonces comenzó a jugarse en la mente de todos el partido del 6 de agosto; para todos los nacionalófilos, el más largo de la historia: duró una semana entera

Y llegó el gran día. Frío y soleado, mostrando la ciudad de Montevideo un clima inusual. El Interior se volcó a la Capital, y por las calles y avenidas de la metrópoli se vivió una fiesta multicolor y bulliciosa. Los parciales brasileños, si bien en número inferior a los nacionalófilos que se trasladaron a Porto Alegre, se hicieron también sentir.

Todo estaba dado para vivir una gran fiesta deportiva. Mucho tiempo antes de la hora fijada para la iniciación del encuentro, en el Estadio Centenario -¡ahora sí!. no cabía un alma.
La salida de Nacional a la cancha, marcó el inicio de un espectáculo inolvidable. La ovación, mezclada con el estruendo de cohetería, nos apretó el corazón: ¡Es que faltaba todavía jugar el partido!

Y el partido fue dificilísimo. Una verdadera y auténtica final. El Campeón brasileño, se plantó distinto en la cancha, y esta vez el sorprendido fue Nacional. Habilísimo, Falcao se tiró atrás. Y el cambio posicional le complicó la labor a Espárrago, resintiéndose con ello el armado general del equipo.

Con una cancha en condiciones lamentables, el partido se hizo de medio campo, mostrando dificultades Inter para afirmarse en su juego, y Nacional para lanzar la lógica y esperada ofensiva. Pasada la media hora, y con una jugada de pizarrón, llegó el gol que sería el de la victoria. Morales ejecutó un foul en las proximidades del área rival, sobre el sector derecho, cruzando la pelota a ras de la subida de Moreira. El centro pasado no se hizo esperar, y allí saltó Victorino -que esperaba agazapado y libre de marca- para frentearla hacia abajo y colocarla contra el palo izquierdo.

Explotó el Estadio. Y con él, la esperanza. Sobre la terminación del primer tiempo, Bica se perdió el segundo que hubiera dado la tranquilidad para el complemento. En el segundo período, no cambió sustancialmente el panorama inicial, aunque el transcurrir del tiempo trajo consigo el lógico repliegue de Nacional y el consecuente adelantamiento de campeón brasileño en procura de nivelar la desventaja. Sin jugadas de mayor emoción -a excepción de una salvada de Rodolfo ante un cabezazo franco desde le medio del área- y en medio de un clima de expectativa, excitación y gran nerviosismo, terminó el encuentro.

Nacional, Campeón de América. Todos los epítetos, frases y figuras literarias, loas y alabanzas, interjecciones de alegría o de sorpresa, expresiones de euforia y satisfacción, debieron resumirse en una tan sola como breve reflexión: el trabajo había dado sus frutos.

Y en un momento de honda depresión, luego de largos y oscuros años de ostracismo, el fútbol uruguayo, de la mano de su hijo predilecto, aquél que nació para honrarlo y reivindicarlo, volvía vertiginosamente a la cúspide del Continente

via decano.com

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